domingo, 3 de junio de 2012

Qué cómo se va a llamar esto

NO ME VAYAN A PEGAR, O SI ME PEGAN QUE SEA LEVE Y NUNCA A LOS KARATAZOS DE LOS MARX. QUESQUE ASÍ QUIERO EMPEZAR EL LIBRO DONDE IRÁ LO DE TODOS. ESE QUE HABRÍA QUE PRESENTAR PARA QUE APOYEN A LOS TALLERES.
VA AQUÍ PORQUE EL BIG BROTHER GOOGLE CAMBIA A CADA RATITO LOS TRUCOS DE LOS BLOGS Y AHORA NO HALLO EL MODO DE SALIR PARA LA OTRA CUENTA -PRETEXTO DE FLOJO, CLARO. 

Es el primer lunes de marzo de 2012 y… Me detengo porque la historia inicia y no hoy y si siempre puede corregirse el camino, entre los mil comienzos posibles hay unos que conducen mejor que otros.
Hacia las cuatro de la tarde los ocho tomamos la misma dirección desde rumbos y de maneras distintas, cada uno y una con sus particulares años a cuestas.
La ciudad y el país cuelgan de un gancho en el tendedero, digamos, pendientes de las elecciones de julio que, si no sucede el milagro esperado por los ocho, permitirán a lo más negro de México continuar o empeorar el desastre en el cual ciento veinte millones nos sumimos.
Tere, Roberto, Gisela y los demás no vamos a reunirnos al centro de Coyoacán para una discusión sobre cómo puede detenerse al monstruo, pero en las ganas que nos conducen hay mucho de eso. Pertenecemos al gran, silencioso mundo donde estas tierras se asientan. Sin él todo se paralizaría, aunque los partidos políticos al frente en las encuestas para las elecciones, y la televisión, la radio, los periódicos en su mayoría, estén empeñados en mostrarlo como una colección de idiotas a quienes, gracias a Dios, dirigen, cada vez más con más prepotencia.
María y Juan son hermanos, el padre trabaja de obrero y por él y el casi infinito, callado esfuerzo de la madre, ellos salen hoy de una modesta, hermosa casa en Naucalpán, con sus títulos universitarios y no pocas medallas en artes marciales. Representan entonces, quizás mejor que el resto de los ocho, lo mucho echado en la canasta de cada día para garantizar la supervivencia de la familia y del país entero.
En el mismo tren suburbano que desde hace un par de años les aligera el largísimo trayecto a la UNAM, cargan riquezas: conocimientos en química y biología y en ingeniería eléctrica; novelas y libros de historia que nadie les ordenó leer; miradas que descubren una parte de esta suerte de asamblea de ciudades en la cual vivimos, y de otras, según sabremos cuando Juan parezca presentarnos una imagen fiel de la capital de Querétaro a través de un viaje, y en verdad a medias se burle de nosotros y a un tiempo proteste por el aburrimiento de un fin de semana y aviente el asco por un lugar donde se convierte a las trabajadoras y trabajadores en menos que sombras.
De hecho no somos ocho quienes esta tarde de lunes en fundaremos el taller. Tenemos un fantasma a quien debe culparse de que María y Juan reciban el título de Hermanos Marx: Anni. En unos meses se nos sumara un segundo, Alfonso, que vive del otro lado del Río Bravo.
Los tres de carne y hueso faltantes, contribuimos como el que más a la colección de desquiciados rumbo a la Casa de la Cultura del Jardín Hidalgo: Laura, David y yo.
Roberto trepa a su auto en el fin del mundo defeño donde crece San Juan Aragón. En edad casadera sorprende su estar a punto de que se nos quede para vestir santos, pues galanea de antropólogo subacuático con suma de cuasi licenciatura en letras.
Como todos, no viene por accidente. Nos encontramos en el curso taller sobre la historia y las formas de contarla, que poco antes en la propia Casa di con Paco Taibo II y Pedro Salmerón. De ahí, de una de los primeras demandas de la sociedad por poner de cabeza al país el día de las votaciones y después, salió nuestro no declarado acuerdo para reclamar la apropiación de la cultura escrita desde abajo.
Vaya a saber cuántos más se nos sumarían en el empeño, en este país cuyas instituciones llevan tres décadas conspirando para profundizar una antiquísima historia: la que reserva a unos pocos el auténtico acceso a la letras y su empleo, en el cual se soporta el castillo entero llamado nación.

SIGUE, CLARO. 

Todo tiene siempre que ver
Por el trabajo, a mediados de mayo Laura no pudo ir más los lunes, David aparecía muy poco y Roberto primero y luego Gisela se hicieron humo varias semanas. Ya éramos una familia y nos seguíamos encontrando en el grupo de facebook, lo mismo para mostrar textos que para divertirnos.
El país había cambiado de súbito, empezando por nuestro gigantón. El Copetes desestimó la visita a la Universidad Iberoamericana (UIA), que los jesuitas dirigen y que ya había recibido el maltrato de Chepina, quien en una extrevista casi pidió disculpas por estudiar allí, como si la institución fuera de segunda dentro de la enseñanza privada. 
La historia sin duda la contarán muchos, pues nada fue igual después del descontento de los estudiantes, al que el candidato del PRI respondió de la única forma posible según cuanto era y representaba. Con la protección de su equipo de seguridad entró a un baño, dio por terminado el evento y acusó luego a las y los jóvenes de ser provocadores enviados por el Peje. 
El nuevo poder que los grandes grupos de interés desestimaban, irrumpió de una buena vez: los celulares con capacidad de tomar fotos y videos y subirlos a la red, exhieron al "hombre de una pieza" como un títere torpe e iracundo. Ciento treinta y un estudiantes se retrataron con la credecial de la UIA. De la noche a la mañana surgió uno de esos movimientos que reúnen cuanto se necesita para convertise en un emblema y un pecipitador. Comenzando por el nombre en tuiter: YoSoy#132. 
Así que las y los madricronicosos adquirimos una nueva identidad, como cuanto de bueno rodeada a AMLO. Los materiales que se presentaban en el taller o en la página, no cambiaron en esencia, por una buena razón: lo que cada uno y una tenía qué decir sobre este renacimiento, se manifestaba en las calles. 
Pero ningún impulso podía ser mejor para los ochomásdos, como debíamos llamarnos siguiendo las recién creadas reglas: si conforme a una vieja, hermosa consigna social, en el escenario público los sin voz gritaban Queremos todo, nosotros representábamos el derecho de los más a apropiarnos la cultura escrita.   

viernes, 13 de abril de 2012

Érase una vez un mundo de talleres


 
Los talleres son una forma de aglutinar en pequeños grupos las necesidades de conocimiento y expresión.
Su naturaleza es el avance sobre la práctica en un trabajo colectivo y crítico, que para trascender precisa de la interacción entre diversos grupos; del retroalimento con la sociedad exponiendo los avances e incitando a seguir el ejemplo, y de la demanda a las instituciones de espacios de divulgación, infraestructura mínima y reconocimiento de la problemática en torno a la educación y al derecho de las mayorías a tener voz pública.
Representan así una vitrina de la sociedad.
La literatura y el periodismo, y la investigación y reflexión de la historia, son universos complejos, articulados en numerosas instancias, con una larga vida detrás. Los talleres no aspiran a apropiárselos cabalmente y sí probar la necesidad y la posibilidad de hacerlo. 
SIGUE

Uno, dos, mil talleres (Madre Crónica)



Madre Crónica es el proyecto de una red de talleres donde desarrollar la escritura a partir de este género literario y periodísitico que sirve también a la historia. Se trata así de animar la plena apropiación de la lengua escrita, para narrar desde abajo el presente y el pasado de esta sociedad piramidal, exhibiendo su riqueza oculta y sus perspetivas críticas. 
La lectura es sólo el primer paso para apropiarse de las letras, ese gran instrumento en el cual descansa la organización de nuestro país y de cualquier otro. Las instituciones nos niegan su pleno dominio, reservándolo a unos cuantos, a través de la escuela, los medios masivos, los espacios de publicación y la idea de la escritura como un universo rígido, de normas estrictísimas, casi imposible de manejar con soltura.
De ese modo se obstruye el desarrollo de las enseñanzas adquiridas en los libros y la buena prensa, y el traslado de las virtudes del habla, pródiga en recursos narrativos que heredamos o discurrimos. 
El proyecto parte de las ventajas de un esfuerzo no sólo personal, hecho por aparte, en silencio, sino también colectivo, que se airea públicamente para a la vez nutrirse con la respuesta. 
En marzo de este año dio comienzo en taller central, en la casa de la cultura Benémerito de las Américas, sobre el Jardín Hidalgo de Coyoacán, y en lo que resta de abril se crearán tres más, en el Buzón Ciudadano y los CCH Vallejo y Azcapotzalco. 
En el primero de ellos, siete integrantes de distintas edades y formaciones colaboran con doscientos pesos mensuales para liberar parte del tiempo del coordinador general. Los demás son gratuitos.
La red, que en breve se replicará en El viaje de la historia, es posible gracias al ejemplo y los programas de la Brigada Para Leer en Libertad (http://www.brigadaparaleerenlibertad.com/). La responsabilidad recae por entero en Jorge Belarmino Fernández, miembro de ella y no en la AC en conjunto por la suma de tareas que lleva a cabo. Ésta asumira el proyecto conforme vaya afirmándose.

El taller supone:
1.    Dos horas semanales de trabajado conjunto durante seis meses, para continuar por el tiempo que se quiera o sea necesario. El método de las sesiones se detalla en Xxxx.
2.    El desarrollo de una práctica cotidiana de escritura concebida para lectores potenciales.
3.    El intercambio de experiencias con los talleres hermanos.
4.    El empleo de conferencias y charlas videograbadas a una porción de escritores y periodistas, nacionales y extranjeros: Paco Ignacio Taibo II, Sanjuana Martínez, Bernardo Fernández Bef, Cristina Fallarás, Jorge Moch…
5.    El aprovechamiento de herramientas que pone a la mano la Internet: blogs, revistas, redes sociales, sistemas de comunicación a distancia…   
6.    El acceso a ámbitos sociales –tianguis y ferias del libro; escuelas, sindicatos, organizaciones vecinales…- a fin de difundir los progresos, retroalimentarse e incitar a la escritura.
Todo como parte de una red que, conforme se consolide, demande a las autoridades de la ciudad espacios de divulgación y apoyos diversos.


Un blog con el mismo nombre sirve para exponer los avances y visualizar los materiales de los cuales se nutren los talleres, y acompaña a una página cerrada de facebook que contribuye al trabajo entre sesiones.
Se considera ya la oportunidad de una red paralela en línea o a distancia. 

  

sábado, 24 de marzo de 2012

Uno, dos, tres, mil talleres

Organizo un taller. Mi fracaso es rotundo, él en cambio, un éxito, durante las tres semanas antes de que tire la toalla, y así me confirma en el proyecto de crear una red.
Los siete talleristas tenían edades, formaciones e intereses distintos y amalgamaron enseguida. Expresaban diversos estados de la escritura, del modo de vivir, de la preocupación por el pasado y el presente, y traslucían la riqueza de la sociedad, en sí mismos y en sus personajes a tratar.
Si el fenómeno se multiplica por diez o veinte, se tiene una muy rica muestra del monumental fluir que no se comunica en los espacios públicos. Acompañando a la apropiación de la lengua escrita no ya como el sujeto relativamente pasivo que es el lector sino como quien usa de plena manera el recurso, aparece la perspectiva crítica a la cual se cierran las puertas en los medios y los círculos cuturales.
Equivale a la expresión desde abajo a través de la música y los lenguajes visuales, hace buen rato en marcha.
De contar con no más que mi optimismo, cero futuro a la vista. Por fortuna hay una Brigada Para Leer en Libertad y una coyuntura a mi modo de ver extraordinaria. 
(Pido perdón a la consigna que uso de título -Uno, dos, tres, mil Vietnams, aclaro para los menos viejos-, y no: si en cada pequeño ámbito la subversión de la realidad prosperara...)

miércoles, 7 de marzo de 2012

La historia en nuestro taller

Para una parte de los talleristas el interes original no era la crónica sino la historia, su investigación y las formas de contarla. 
Según planteamos, el grupo no se concibe como un pequeña entidad aislada y su real éxito depende de la conexión con quienes tienen preocupaciones iguales o parecidad a las nuestras. Entre otras cosas, en breve seguramente aparecerán más talleres formados por el Belarmino a partir de la multitud de charlas que Para leer en libertad da en muy diversos foros. Serán de dos clases: crónica e historia. 
De hecho la Secretaría de Desarrollo Social del DF había aprobado el proyecto El viaje de la historia, que no arrancó por la súbita salida del secretario. Se sustenta en la recuperación de la vida cotidiana, como el mejor camino para acercarse al pasado. 
En dos sesiones nuestro taller es ya un colectivo. Eso no resulta fácil y creo que debemos respetar la pluralidad de intenciones sin la renuncia a nada. Con algunos de los compañeros y compañeras cuya preocupación es la historia, convinimos en mantener las reuniones de los lunes esencialmente como están, derivando a ellas los temas que se relacionan con la escritura. Al parejo, pretendemos iniciar vía la página de FB, el blog y los correos y chats, una investigación que conduzca a la vida cotidiana de la primera época del México independiente. 
El periodo suele tratarse de tres maneras: en términos del desarrollo del Estado, por temas (haciendas, comercio, Iglesia, etc.) o a través de la microhistoria (una pequeña localidad, una propiedad agrícola, un cultivo...). Ninguna de ellas es desdeñable y todas aportan un gran número de datos y señales a seguir. Padecen por igual, sin embargo, no sólo de falta de vida: el todo o buena parte de sus conclusiones se viene al suelo cuando damos con las costumbres, las formas de pensar, la intimidad de pueblos, sectores, hogares... 
Sobre la época que nos planteamos hay la suficiente información bibliográfica como para ensayar cuándo podemos penetrar en un momento.         

lunes, 27 de febrero de 2012

A ustedes les consta

En la siguiente dirección electrónica encontrarán fragmentos de A ustedes les consta, de Carlos Monsivaís. Se trata del gran trabajo de reflexión y sobre todo selección, sobre la historia de la crónica en México. 
Se recomiendo conseguir el libro. 

Este es el índice




Para iniciar


Soy investigador de historia y cronista. Después de haberla cultivado derecho, sin más, a la crónica la cuelo donde puedo y en las roscas de reyes que así resultan los clientes se encuentran de súbito mordiendo al santo niño, con frecuencia para venírseme encima a paraguazos.
Madre crónica la llamo por eso, y por eso el taller, que pide la atención a un género frecuentado por muchos grandes escritores, recibido con agradecimiento por los lectores y lectoras y sin apenas estímulo en los talleres y las carreras de literatura y periodismo.
Tan natural mi Señora, me sorprende lo tardiamente con que suele encontrársela. La afirmación vale sobre todo para los periodistas, pero también para quien hace ensayo, narrativa literaria e historia.
Lo que comparto es mi experiencia traumática: la del amante de cabecera y la del adorador semisecreto, seguro del provecho de mi madame para los nombrados y para otros y otras: escritores de radio, documentalistas…
Estamos en un taller, no en un curso, y en los talleres se aprende sobre la práctica, escribiendo y discutiendo los trabajos. Aquí al principio deberán escucharme más de lo deseable.
En los años 1960 era un adolescente engañando a sus padres con el supuesto de que estudiaba una carrera. En realidad perdía o ganaba el tiempo, o ambas cosas, vaya a saberse, por la mañana en los jardines de la UNAM y por las tardes en la recién nacida Zona Rosa.
Nuestro Montmaitre de pacotilla se reducía a menos de cuatro cuadras y la salpicadura de una docena de cafeterías y restaurantes, con una partida de golfos y otra de artistas e intelectuales en su mayor parte de segunda línea.
La bautizó y la publicitaba un editor con sentido de la oportunidad y buenas relaciones en el mundo de la cultura, que vendía a medias, y muy a medias, la urgencia de un espacio liberado a la moral del régimen y de nuestra provinciana burguesía. Desde allí, era su discurso, se esparcirían las ideas y las modas para que el pensamiento y el arte mexicanos entraran en la última de las modernidades.
Cuando por minutos abandonaba su obra y el delirio del autorecreo, José Luís Cuevas le seguía el juego al hombre, y de tarde en tarde unos cuantos grandes personajes adornaban el lugar con sus invitados, algunos de lujo: Alan Delon y Rommie Schneider, pongamos por caso en los días cumbre.
La mayor de esas personalidades era Carlos Fuentes, a quien con justicia se reconocía como una nueva, urbana visión del país a través de La región más transparente.
En un rincón relativamente apartado de las luminarias, Carlos Monsivaís para respirar aprovechaba la farsa aquélla como el más pobretón de los mundos a su alcance, pues ya había comenzado a convertir a la ciudad en un observatorio.
El veinteañero vivía en la colonia Portales y su historia contrastaba con la de la suerte de niño bien que era el menos joven Fuentes. Iniciaba un camino equivalente al de su tocayo: actualizar la perspectiva y las formas de narrar el México que nació con la industrialización y el giro conservador del alemanismo, de Miguel Alemán, presidente de la república en el sexenio 1946-1952.
Los dos Carlos coincidían pues en el propósito, por vías diversas. El primero apelaba a la ficción en 460 páginas, y el segundo a la suma de unos cuantos miles de caracteres cada vez, que se nutrían de la vida cotidiana.
Hablamos aquí de una de las dos caras de Monsivaís: la de cronista y no la de ensayista. Él mismo caracteriza así a la crónica en la introducción de A ustedes les consta:
“Ustedes, lectores de ese género periodístico y literario, la crónica, son y han sido testigos y en ocasiones y de modo preciso, actrices y actores de una admirable operación informativa y creativa. Los elementos están allí: el don de síntesis, la eficacia descriptiva, la pasión, la ironía, el sentido del detalle. Todo o casi todo está cifrado en este discurso: las nuevas y viejas costumbres, la resistencia y el relajo del pueblo, las variedades del habla y la imaginación, el pesimismo y las esperanzas que se oponen o se integran. Sin didactismo, con escepticismo o entusiasmo, en la crónica tienen cabida la pequeña y la gran historia, la moda y la denuncia, la frivolidad y la lucha de clases, la amnesia programada y la memoria de las devastaciones.”
Nuestro hombre no hace así una definición académica: describe al género contemplando a la multitud de autores que en nuestra historia lo cultivan para crear una de las más sólidas tradiciones de la narrativa en México.
En principio la condición es hallarse en presencia, o haberlo estado, de lo que se relata. En principio, digo, pues como confío probar con mi experiencia y los trabajos de otros y otras, la crónica tiene a la vez notables virtudes para el acercamiento a la historia de un modo distinto al del investigador clásico o el novelista.
Vale la pena puntear la caracterización que hace don Carlos:
  • Tratamos con un “género periodístico y literario”
  • “Los elementos están allí: el don de síntesis, la eficacia descriptiva, la pasión, la ironía, el sentido del detalle…”
  • “… en la crónica tienen cabida la pequeña y la gran historia.”
“Sin didactismo, con escepticismo o entusiasmo”, dice también. Eso supone la posibilidad de dejarse ver en lo escrito, como un testigo manifiesto con opiniones y estados de ánimo. Por lo tanto no hay pretensión de verdad absoluta en lo narrado y de esa manera, como en la ficción, se invita al lector o lectora a participar, situarse en los hechos, imaginar, y aquí, donde nos movemos entre la realidad comprobable, a sacar conclusiones propias.
Con ello quedan en claro, creo, los acercamientos y distanciamientos con la novela, el cuento, el ensayo y los géneros periodísticos.
A modo de ilustración uso ahora mi experiencia profesional.
En 1978 los dos Paco Ignacio Taibo me invitaron a unirme al Equipo, título que evitaba las firmas para subrayar el espíritu colectivo de La Revista de la Semana, suplemento de El Universal. Al par de meses, ellos y el cuarto miembro debieron ocuparse de otros asuntos y quedé a solas con diez páginas y media tamaño tabloide.
Eso significaba unas 45 cuartillas por semana sobre siete u ocho temas. Después de un ¡Ay, Dios! conocí una de las etapas más gratificantes de mi vida, con un mecanismo simplísimo: convertir mis días en crónicas. Las idas al cine o al teatro, a bailar, al fut o el box; los viajes en el Metro o las tribulaciones en el automóvil; los descubrimientos con el hijo, los libros que leía o la televisión que casi por norma padecía, todo era objeto de crónica.
En general hablando en primera persona, el relato se extendía a los lugares y los seres en torno al momento escogido. Eso invitaba a recrear ambientes y emociones propias o que podían sospecharse en los demás. La reseña de una película se volvía así, por ejemplo, también el ceremonial del salón de cine, sus pobladores, tal o cual relación o comportamiento, y en el rastreo de las aficiones y humores liberaba al lector o lectora del juicio aplastante.
Para entonces con Taibo II había pasado años acompañando al movimiento obrero democrático. En el intento de recuperar esa parte esencial de nuestras vidas, él escribía cuentos y daba marco a novelas negras. Mucho después yo no encontraba más camino que la crónica.
Se me culpó de no historiar, de no concentrarme en la reconstrucción de los hechos y extraer enseñanzas de ellos. Reí por dentro pues justo era eso lo que despreciaba: el inventario sin alma, tendencioso, lleno de agujeros sin explicitar, con pretensiones de verdad indubitabilísima. Por eso y por mi ya viejo amor escogí la crónica: informaba sin pontificar, abría una ventana a la época y ponía en juego las pasiones.
Antes y después y hasta donde era factible, en tres libros usé el mismo criterio y las mismas fórmulas, por llamarlas de algún modo, para acercarme a eventos o épocas en las cuales no estuve. En dos de ellos mi ausencia se debía a que no era Matusalen, pues sucedieron cien o doscientos años atrás. 
En consecuencia, debía transladarme imaginariamente a los escenarios, esforzarme en entender mentalidades perdidas, haciendo preguntas a los contemporáneos a los hechos. 
Queda al criterio de quienes leen cuánto di en el blanco, pero probé las bondades de mi amiga, que descubría un denso bosque de cotidianeidades entre las cuales se movían seres tan de carne y hueso como yo.
Sigo tentado a compartir los extraordinarias oportunidades de este camino con historiadores, escritores de novela histórica y guionistas, como ahora, si es el caso.
La última breve experiencia que traigo a cuento se produjo entre jóvenes recién llegados al periodismo. Los acompañaba en el proceso revisando juntos los textos. Era una pelea tras otra de sí mismos contra un inflexible lenguaje impuesto. El secreto para destrabar aquello estaba, justamente, en el relato que les permitía el empleo de sus recursos naturales, sin falta próximos a la crónica: las impresiones, el contexto, la captura de actos o gestos elocuentes, el echar mano de imágenes literarias.